¿La buena ortografía es de derechas?

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Soy un detractor del uso mezquino y dañino que mayoritariamente se hace de las redes sociales. No me gusta la cultura del narcisismo y del postureo que fomenta una baja autoestima de pacotilla basada en el número de likes y comentarios benevolentes que se obtienen de cualquier foto o publicación que se cuelga en un perfil. Detesto la cobardía que hace que cualquier bravucón con un insulto que soltar se escude en el anonimato liberador. Pero lo que de verdad me deja fuera de juego es el lenguaje a veces casi ininteligible que se usa en la mayoría de los comentarios.

Si la lengua es el reflejo de la sociedad que la usa, cualquiera podría pensar que somos una sociedad decadente y, sobre todo, profundamente ignorante. Pero no se engañen, este hecho, lejos de ser un problema, se ha reconvertido en un premio.

La Real Academia Española de la Lengua nunca ha sido un ejemplo histórico de adaptación y de progresismo cultural. Sus actualizaciones han ido a menudo muy por detrás de la realidad social a la que en último término debe servir y de la que debe ser reflejo. Sin embargo, en los últimos años se está produciendo una auténtica revolución a una velocidad tal que la RAE no ha tenido más remedio que apretar el acelerador. Hasta tal punto es así que palabras que antes nos hacían sangrar ojos y oídos están siendo aceptadas con más o menos matices. Si ustedes crecieron sabiendo que quien decía almóndiga, cocreta, asín, toballa o palabro tenían serios problemas de formación, hoy probablemente deberían replantearse si han sido útiles todos sus años de estudios.

Supongamos que un influencer, youtuber, tiktoker, instagramer o cualquier otro “-er” que no sabe hacer la “o” con un canuto, decide que una palabra se escribe sin “h”, simplemente porque no tiene ni idea. Su publicación la siguen miles, incluso puede que millones de “followers” con una cultura similar que aceptan sin más el término que ha utilizado, puede que por desconocimiento o simplemente por moda. De repente, por la ignorancia de una persona y el aborregamiento de millones obran el milagro y ese término se hace viral e imparable. Al cabo de un tiempo la RAE no tiene más remedio que aceptarlo. ¿La realidad social ha impuesto ese cambio? Sin duda. Pero el trasfondo es que la realidad social es muestra de un fracaso educativo.

A pesar de que la enseñanza obligatoria de nuestro país debería garantizar que cualquier español es capaz de expresarse correctamente tanto de modo oral como por escrito, la realidad es otra bien distinta. Y si la Academia debe ser reflejo de la sociedad y está ampliamente extendido el uso vulgar del lenguaje, la consecuencia es clara. La ignorancia se premia, porque la mayoría siempre gana. Enhorabuena a todos.

Nadie está exento de cometer faltas gramaticales o de ortografía, eso es evidente por muchas razones. Sin embargo, no nos estamos enfrentando a un problema de fallos puntuales, nos estamos enfrentando a un fracaso escandaloso de nuestro sistema educativo, de nuestra enseñanza básica obligatoria, que lanza a la sociedad a personas que no sólo son ignorantes de nuestra lengua, sino que además hacen alarde de ello amparándose en una mal entendida libertad de expresión.

Hace tan sólo algo más de veinte o treinta años escribir bien era signo de haber aprovechado la educación recibida, de tener hábitos de lectura, de ser personas con una formación adecuada. Hoy tiene otras implicaciones totalmente diferentes.

Pero esta lacra educativa se ve agravada por un problema mucho mayor, la de la ignorancia deliberada, la de la sublevación lingüística por motivos políticos, por motivos de lucha ideológica, o simplemente por una corriente de insumisión cultural que pretende destacar y sentar precedentes que rompan los cánones tradicionales.

En el año 2008 los académicos de la lengua se echaron las manos a la cabeza cuando la “miembra” Aído dejaba patente su nivel intelectual en su famosa expresión. Pero la ministra socialista tuvo la agudeza política de reconvertir ese desliz en una bandera por el lenguaje inclusivo que ha salido muy rentable para la causa, ya sabemos el baremo político que gastamos en este país.

Esa metedura de pata se convirtió en una bandera feminista y en un arma muy poderosa de la izquierda que prometía una jugosa y fructífera lucha contra la derecha, dando el pistoletazo de salida de lo que hoy se llama lenguaje inclusivo. ¿Cuál es la consecuencia? Que hoy ya se acepta la palabra de marras por la que esos catedráticos de la RAE tanto se escandalizaban.

Esta guerra ya ha estallado y parece imparable a pesar de los esfuerzos de los académicos. Hoy están escandalizados por el uso incorrecto de “portavoza”, pero con una intensidad un poco más timorata, porque saben perfectamente que esa lucha probablemente goce de muy poco recorrido y acaben sucumbiendo también.

Y es que las reglas de juego están cambiando. No me refiero a las reglas lingüísticas, sino a las reglas del todo vale en el juego político. Era algo que tarde o temprano tenía que ocurrir. Cualquier asunto es susceptible de ser capitalizado políticamente, y cuanto más polémico mejor.

El eterno conflicto entre izquierda y derecha estaba agotando muchos de sus argumentos manidos y necesitaba escenarios frescos que suscitaran apoyos incondicionales. Franco cada vez está más muerto, el conflicto obrero hace mucho que dejó la injusticia de la revolución industrial y las políticas económicas que usan tanto izquierda como derecha se confunden a menudo dentro de nuestro sistema capitalista. Por tanto, el feminismo y su influencia en el lenguaje es un filón difícil de resistirse para diferenciarse ideológicamente, da igual que el lenguaje quede destrozado.

Dicho y hecho, hoy la izquierda abandera el lenguaje inclusivo, a costa de romper cualquier regla lingüística bajo la excusa de que el cambio es progresismo frente al conservadurismo. Nuestra libertad no tiene fronteras frente a cualquier norma anticuada establecida por poderes patriarcales del siglo pasado. Y eso vende, vende tanto que escribir siguiendo las reglas está empezando a ser signo de clasismo. ¿Quién seguiría esas normas anticuadas? ¿Quién se opone al progreso? Y no sólo se trata del lenguaje inclusivo, se trata de cualquier muestra mayoritaria de romper reglas, sea por desconocimiento o por intereses de cualquier tipo.       

No estoy seguro de cuál es el futuro que les espera a los filólogos, lingüistas y profesores de lengua. Probablemente el objeto de su trabajo será tan flexible y cambiante que les resulte difícil suspender a alguien en clase por no poner tildes o por escribir “avía”. De lo que sí estoy seguro es de que escritores y periodistas tendrán que plantearse en convertirse en rebeldes lingüísticos y empezar a romper las reglas si no quieren que se les señale como auténticos fachas.

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