La comunidad judía celebra su festividad litúrgica, la Janucá

Los antepasados, judíos españoles, mantuvieron encendida una llama, la de su españolidad, que ha iluminado 5 siglos de oscuridad y ha llegado a nuestros días, en contra de toda lógica, en contra de toda razón.

La directora general de Sanidad y Consumo, Rebeca Benarroch y el director Territorial del INGES, Jesús Lopera, han participado en el acto organizado por la Comunidad Israelita con motivo del encendido de la Janucá o Hanouka, también conocida como la Fiesta de las Luces o Luminarias, que ha tenido lugar en la Sinagoga Bet-El y en el que se ha rendido homenaje a los sanitarios que están luchando contra la pandemia de la COVID-19.

El portavoz de la comunidad Jacob Hachuel, ha dicho que se conmemora la festividad judía de la Januká, con el tradicional encendido de las velas que desde hace varios años comparten con sus convecinos, celebrando públicamente esta festividad milenaria que, esta vez no ha podido ser.

Desde la primera ocasión, la Comunidad Israelita de Ceuta, quiere además de compartir este momento, homenajear cada año a un colectivo concreto, para que les honrara protagonizando el acto central del encendido de las velas y en este año se le rinde homenaje a los sanitarios que están luchando contra la pandemia de la COVID-19.


El candelabro de 9 brazos, uno central auxiliar y 4 a cada lado, llamado Hanuká o Janukiá se utiliza en todo el mundo en la Fiesta de las Luces. Dicho candelabro simboliza los 8 días tras la conquista del Templo de Salomón en los que la luz sagrada resistió alumbrando con poquísimo aceite. Asimismo, el candelabro de siete brazos representa la creación del Mundo.


Como sabemos, la festividad de Janucá conmemora un milagro. Tras la reconquista del Templo Sagrado de Jerusalén por parte de los macabeos, que había sido profanado por los griegos, los sacerdotes encuentran una pequeña vasija sellada con aceite consagrado en su interior, aceite destinado a mantener encendida la llama eterna. Contenía la cantidad de aceite que solo debía durar un día. El milagro se produjo: la llama se mantuvo encendida durante ocho días, tiempo que se tardaba en elaborar y consagrar un nuevo aceite.

Durante cerca de 2000 años, generación tras generación, por estas mismas fechas en los hogares judíos se ha repetido este ritual. Pero no solo éste: nuestros antepasados han mantenido sus costumbres, que, muchas veces oralmente, han transmitido a sus hijos y nietos generación tras generación, y la mayor parte de las veces en condiciones nada fáciles.

El rey Felipe VI, en un acto público, honró la Ley que permite obtener la nacionalidad española a los descendientes de los judíos expulsados de España por sus antepasados en 1492. Esta Ley permite ser españoles de derecho (de corazón lo fueron siempre) a los judíos sefardíes del siglo XXI. Sefardíes que, como sus abuelos a lo largo de 5 siglos, no olvidaron y supieron transmitir a sus descendientes no solo su amor por España (Sefarad), sino, y no menos importante, su gastronomía, costumbres, canciones de cuna, poesías, cancionero, y todo lo que significa cultura. Sin olvidar la lengua, el español del medioevo, conservada como preciado tesoro, y hablada por multitud de sefardíes a lo largo y ancho del mundo: Desde Israel a Venezuela, desde Australia a Turquía, desde Francia a Canadá.

Y todo esto durante 500 años, lejos de su tierra, a menudo en condiciones hostiles, y en medio de colectivos que nada tenían que ver con su cultura sefardí.

En resumen, los antepasados, judíos españoles, mantuvieron encendida una llama, la de su españolidad, que ha iluminado 5 siglos de oscuridad y ha llegado a nuestros días, en contra de toda lógica, en contra de toda razón. Igual que sucedió con aquella pequeña cantidad de aceite que iluminó el Sagrado Templo. Definitivamente sí: Existen los milagros.