Ceuta es España: Vivas desmonta el ruido

Ceuta lleva décadas conviviendo con un debate que aquí nunca ha sido retórico: la españolidad. No porque esté en duda, sino porque siempre vuelve a la escena pública cuando alguien intenta utilizarla como arma, confundirla con identidades religiosas o vincularla a discursos que nada tienen que ver con la realidad de esta ciudad.

El Pleno de la Asamblea ha vuelto a demostrarlo. No ha sido un debate más: se han cruzado ideas de fondo, se han deslizado insinuaciones desde fuera y se han puesto encima de la mesa conceptos que, usados con ligereza, erosionan la convivencia. Por eso este asunto merece un análisis más reposado y honesto.

El presidente de la Ciudad, Juan Vivas, marcó tres claves que conviene desgranar: la unidad del conjunto de los ceutíes para defender la españolidad, la necesidad de fortalecer la convivencia y el recordatorio de que Ceuta forma parte de la Estrategia de Seguridad Nacional desde 2021, algo que no se otorga a territorios cuya soberanía pudiera resultar dudosa.

Pero el momento más significativo llegó cuando Vivas quiso zanjar la confusión creada por José María Aznar al mezclar musulmanes con inmigración. Fue directo:

"Los musulmanes de Ceuta y Melilla no son inmigrantes, son españoles".

Y lo son -continúa- desde generaciones, con la misma legitimidad que cualquiera. Esa precisión por parte de Vivas era necesaria, porque la confusión, aunque venga de un expresidente, tiene consecuencias.

El portavoz de Ceuta Ya!, Mohamed Mustafa, había planteado una cuestión muy concreta: instó al Gobierno de la Ciudad a que le explicara si realmente era innecesario defender la españolidad de Ceuta. Y ahí es donde Vivas le respondió con un zasca político directo que marcó el tono del debate:

“Pero hagamos todos un esfuerzo, señor Mustafa, por transmitir unidad, por preservar la convivencia, por procurar la igualdad y por transmitir confianza”.

La pregunta —formulada inicialmente por Mustafa— no cuestionaba la soberanía, sino la utilidad política de invocar constantemente ese concepto cuando no está en juego. Y su planteamiento obligó al Gobierno a posicionarse.

Tras ese matiz, Vivas desarrolló con claridad su posicionamiento dejando claro algo esencial: lo que se vio en el Pleno es que la españolidad de Ceuta no se defiende con discursos inflamados ni con exageraciones identitarias.  Para el presidente se sostiene con hechos: convivencia, igualdad ante la ley, reconocimiento de la diversidad y lealtad institucional.  Vivas zanjó:

"Ceuta es España hasta la médula, sí, pero no por repetirlo más veces, sino por la realidad diaria que lo confirma".

La cuestión de fondo —según reiteró Vivas— es que la españolidad de Ceuta no se discute: se administra. Desde el análisis editorial, aquí es donde empieza el verdadero problema político. Porque mientras unos intentan convertirla en bandera para ocultar otras carencias, otros la dan por hecha y evitan rozarla, como si fuera un concepto incómodo que pudiera romperse al tocarlo. Ninguno de los dos extremos ayuda.

Lo que sí ayuda —y esto quedó meridianamente claro en el Pleno— es separar por fin la identidad religiosa de la identidad nacional. Es un gesto simple, pero aquí nunca ha sido inocente. Cuando alguien vincula "musulmanes" con "inmigración", no está cometiendo solo un error: está desplazando a una parte de la ciudadanía fuera del marco común que sostiene la ciudad. Por eso Vivas intervino con tanta contundencia. Porque, según señaló Vivas, cuando un expresidente del Gobierno confunde una cosa con la otra, el eco es más amplio y la herida más profunda.

Y, sin embargo, la intervención más reveladora fue la de Mohamed Mustafa. Para que se entienda bien: No por la pregunta en sí, sino porque obligó a Vivas a desplegar el marco completo del debate. Las cuestiones de fondo —quién decide cuándo hay que defender la españolidad, quién gana con ese marco y quién queda fuera cuando se usa para marcar distancias— no fueron planteadas por Mustafa; las articuló Vivas al responderle y al reconducir el debate desde la institucionalidad, dejando claro que él era quien marcaba el marco político real del asunto.

Vivas insistió en una idea central: la españolidad no necesita guardianes. Necesita madurez institucional. Necesita políticas públicas que hagan evidente lo que ya es evidente: que Ceuta es tan España como cualquier otra ciudad y que su pluralidad no es una amenaza, sino su mayor activo estratégico. Porque aquí, donde confluyen fronteras visibles e invisibles, la verdadera fortaleza está en que nadie pueda usar la identidad como arma política.

Desde el análisis editorial, aquí aparece otro elemento que nadie quiere nombrar, pero que pesa: la españolidad de Ceuta no se blinda solo con discursos, sino con certezas materiales. Con un modelo económico que no dependa de pulsos políticos. Con un marco educativo que enseñe la historia real de esta ciudad, no una versión reducida a símbolos. Con una administración que trate igual a todos los ceutíes, vivan donde vivan y se apelliden como se apelliden.

Aquí entra claramente la mirada editorial: la españolidad, si no se convierte en igualdad, acaba siendo solo un eslogan. Y Ceuta está cansada de eslóganes. Lo que aquí se reclama es algo más sencillo y más profundo a la vez:

Que nadie use la españolidad para dividir y que nadie la invoque para callar problemas que nada tienen que ver con la soberanía.

Para nuestra  editorial, el punto ciego del debate es cuando se habla de “defender” la españolidad, en realidad se suele hablar de defender un marco cómodo para algunos y restrictivo para otros. Pero la españolidad real —la que se vive en la calle, en los comercios, en las aulas, en las familias mixtas, en las barriadas— no necesita justificarse ante nadie.

Por eso, tal como dejó entrever Vivas, este debate no va de banderas, va de ciudadanía. Va de la responsabilidad de quienes gobiernan y de quienes aspiran a gobernar. Va de asumir que la españolidad de Ceuta no es un arma política, sino un hecho jurídico, histórico y social que se refuerza con convivencia, no con discursos inflamados.

Vivas dejó algo implícito pero evidente:

"La españolidad no se protege con discursos grandilocuentes, sino con políticas que traten a todos los ceutíes como iguales y con una lealtad institucional que aquí no es opcional, sino imprescindible".

Antes de llegar a la conclusión, hay que añadir un elemento de enorme peso político que se produjo en el propio Pleno. La diputada de Ceuta Ya!, Julia Ferreras lanzó una de las intervenciones más duras del debate público reciente al dirigirse al Partido Popular:

“Señores y señoras del PP, no se puede soplar y sorber a la vez".

La secretaria de Igualdad añadió:

"Aznar dice que la inmigración latinoamericana viene a trabajar y que la musulmana provoca problemas".

"Titular de hace tres días" -recordó la psicóloga, restregándoles- "¿De esto que ha dicho su gran referente espiritual, el criminal de guerra José María Aznar, van a decir algo o tampoco?"

Y apostilló :

"Sí, sí, el criminal de guerra José María Aznar. Le llamo criminal de guerra porque es lo que es. ¿Van a decir ustedes algo o tampoco?”.

Su intervención, aunque realizada en el Pleno, añadió un nivel de presión política inédito y terminó de empujar a Vivas a clarificar aún más su posición.

Además, conviene subrayar que este debate también ha generado reacciones fuera del Pleno. Una de las más comentadas ha sido la del secretario de Estrategia Política y Discurso de Ceuta Ya!, Julio Basurco Díaz, en la web de la Ciudad. Basurco sostuvo que:

"Si dices que el inmigrante latinoamericano es bueno y el inmigrante musulmán es malo, lo que estás diciendo es que el problema no es ser inmigrante, sino ser musulmán. Es lo que ha hecho el islamófobo de José María Aznar y basta con saber razonar mínimamente para entenderlo".

Esa reacción muestra hasta qué punto las declaraciones del expresidente han encendido el debate público.

En definitiva —y esto lo fijó Vivas con claridad— la españolidad de Ceuta no es una discusión abierta, es un hecho consolidado que requiere responsabilidad, rigor y convivencia para sostenerse. Y eso lo dijo Vivas sin necesidad de elevar la voz.

Desde la mirada editorial de este artículo, Ceuta no necesita gritar su españolidad: la ejerce. Y Vivas también lo ha dejado meridianamente claro desde su enfoque institucional. Por nuestra parte, sostenemos que la españolidad no es un campo de batalla ni un eslogan partidista, a lo que añadimos unas palabras de José Manuel Soto, donde asegura que:

"Ser español no es una ideologia, es un sentimiento".

Además, subrayamos que es una realidad jurídica, institucional y social que se reafirma cada día en la convivencia, en la igualdad y en el respeto entre ceutíes. Ese es el terreno donde se juega el futuro de la ciudad. Y ahí es donde Vivas colocó el debate, lejos del ruido y cerca de lo que de verdad importa.