Cartas a…, la ciudad de Ceuta

Los que venimos de la Península (término que no había utilizado anteriormente) siempre acabamos haciéndonos la misma pregunta cuando llevamos cierto tiempo aquí en Ceuta.

Quién me iba a mí a decir que iba a acabar en Ceuta…, si ni siquiera sabía que había aquí al otro lado del Estrecho… Sólo tenía vagos recuerdos de haber venido con el colegio de pequeño a visitar los comercios y pasar el día.

Una vez que pasan los años y entiendes y ves lo que hay en Ceuta, sólo te queda una opción, hacerte parte de este sitio. No te dan opción. Esto te atrapa, en todo el amplio sentido de la palabra, para todo.

Seguramente tú, que me lees ahora, nunca me habrás visto en persona, otros sí, pero si no me has visto a mí, has visto a otros tantos muchos como yo, que han venido para quedarse y no irse nunca, aunque en presencia física muchos acabemos yéndonos por diferentes motivos. Y te quedas porque ya formas parte de lo que es Ceuta. Tus días de levante, tus días de poniente, tu taró, tu diversidad cultural, tu entrada y salida de barcos, tus hoy comemos pinchitos o un pescado a la brasa, o nos tomamos un té, o Nordin, ¡ponme una makla super!

Si vienes y no acabas diciendo “wito, safi, yaaalaaa, waja, adjii, vitamina, mobliiiii”, es que has pasado sin conocer la idiosincrasia de este lugar tan mágico y puro.

Desde que llegué me he recorrido prácticamente cada rincón de esta ciudad, para poder empaparme bien de ella, y aprovechar y conocer todo lo que te ofrece.

Ceuta es como tu familia, en la que tendrás momento que no puedes vivir sin estar con ella, y otros en los que te quieres matar vivo porque te has enfadado, pero a la familia nunca se le deja de lado. Mejor o peor es la que te ha tocado, la aceptas con sus fallos y virtudes, y la quieres tal y como es.

Te recuerdo en pandemia, las calles vacías, las pavanas rondando solas por la calle, el aplauso de las 20:00h, la promesa del ser humano de cambiar, el lavado de manos, las compras irracionales, y el volver poco a poco a la normalidad. A veces frágil, a veces fuerte, pero quedamos impregnados de todo, y vivir en Ceuta ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida. Me llevo el olor a tu salitre grabado en mis vivencias, contigo y tu gente.

Seguramente sea difícil de entender que alguien que viene de fuera llegue a sentir lo que yo siento por ti, pero cuando escribiéndote, recuerdo cada uno de los momentos que he tenido contigo es imposible no emocionarse, y saber que a pesar de que te veré de lejos, ya no hay nada que nos separe, ni siquiera un Estrecho de por medio.

A ti, que a lo mejor nunca hayas venido a Ceuta, también te escribo, te invito a que la conozcas, a que te des una vuelta por el Hacho, que vayas andando hasta Benzú, que pasees de noche por las Murallas en silencio, que subas el Revellín y veas a los niños jugando en Correos, que te montes en kayak por el foso, o te comas un campero de corazones, y que simplemente respires su aire. Te sentirás atrapado en su libertad. Suena incongruente, pero es que así es Ceuta.

Y, por último, a su gente, gracias y gracias después de nuevo, por todo lo que me habéis dado. Muchos habéis hecho mi estancia en Ceuta mucho más llevadera, y me habéis hecho sentir como en casa, y formar parte de vuestras familias.

No quiero personalizar en nadie porque todos sabéis quienes sois cuando os escribo, y me faltarían líneas para acabar, pero simplemente tenéis un HERMANO en mi persona y quedo como siempre para ayudaros en lo que buenamente pueda estar en mis manos.

Sí quisiera tener unas palabras para “mis “pacientes oncológicos que ya no están con nosotros y que tanto me enseñaron a luchar en el día a día, y que, gracias a ellos, mi forma de entender la vida, ha cambiado.

En tu luz del atardecer me quedo viviendo.

Te quiero Ceuta, te quiero familia…