De niño a adolescente inmigrante

Wuppertal (Alemania). Serial "Un español en Alemania", cap. 121

CEAR pide “cambiar las reglas” para que buscar refugio no sea una competición a vida o muerte. La falta de vías legales y seguras obliga a que miles de personas tengan que enfrentarse a retos heroicos que recuerdan a las pruebas olímpicas.

Un hombre supera una alambrada coronada con una hilera de concertinas, sin más impulso que sus manos y pies. Sin embargo, para él el premio no es una medalla, es salvar su vida. Cambia las reglas que ha lanzado la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de Tokio para recordar las increíbles “pruebas” que deben superar las personas migrantes y refugiadas para llegar a nuestro país y al resto de la Unión Europea ante la falta de vías legales y seguras. “Ahora que el mundo mira las hazañas de los deportistas olímpicos, queremos recordar otras gestas increíbles que nunca se deberían haber producido, en disciplinas tan terribles como la natación en aguas abiertas, el salto de valla con concertinas, la marcha en el desierto, o la navegación en botes hinchables en las cuales, cada día más personas se ven obligadas a jugarse la vida, debido las pruebas de obstáculos a las que les somete Europa para ofrecerles protección”, explicó la directora de la entidad, Estrella Galán.

El viaje de Leandro: un camino entre dibujos

El recorrido de un niño a adolescente español que deja su país de origen y encuentra en inmigrantes la fuerza para ser el mismo. La música y el dibujo han sido grandes referentes en la vida de Leandro Mateos Hernández, “Zamora es mi ciudad natal, mi madre y mi padre, lo es todo para mí”, dice Leandro mientras se mira los dedos índice y mayor de la mano derecha. Va sentado en el fondo del bus que le lleva a su instituto Röntgen Gymnasium Lennep, barrio de Remscheid, Alemania. Tiene media cabeza cubierta por su gorro y el resto del pelo negro, marañoso.

El niño español

Un niño de huesos finos corrió por el escenario para unirse a sus compañeros en el
Röntgen Gymnasium en el barrio de gente muy rica  de lennep Remscheid Alemania.
Fue en 2013 cuando su familia por motivos económicos emigro a Alemania, y el 11 de noviembre 2003 nació Leandro en Zamora (España), una ciudad de Castilla-León. Su infancia fue de juegos callejeros, entrenar todos los días después de la escuela, e ir a la iglesia los domingos; pero también de mucha hambre: “de chico me encontré con el ambiente de las drogas. De salir a la puerta de mi casa y (ver que) vendían droga Leandro cuenta que en España se gana muy poco, un salario mínimo. “Si te da para pagar el alquiler, no te da para comer”. Allí, sus padres nunca tuvieron un trabajo fijo y vivían estresados por la falta de comida: “Era muy triste verlos llorar; o con mi hermana tener un pan con salchichón y ellos no tener nada que comer”. La familia se preguntaba cuánto más aguantaría así. Hasta que un primo de mi padre, que ya se había ido, lo alentó a mudarse a Alemania, donde “hay trabajo y se vive más tranquilo”. No lo dudaron.

Pero lo que hizo que la vida de Leandro tomara un rumbo impredecible fue de desahucio en desahucio. Tenía ocho años cuando nos echaron a la fuerza de esa casa en Zamora (España) “empezó a ser otro. Seguía siendo niño, pero ya no tan niño”, cuenta. Vivir con ese horror era agobiante. En un país con más de cinco millones de parados, “los desahucios y el hambre era contante. Recuerda Leandro A esto le suma la falta de comida y de trabajo.

El adolescente migrante

Los ojos almendrados de Leandro doblan su tamaño cuando cuenta el momento en que le dieron la noticia. Estaba en el patio de su casa en Zamora, su padre entró al baño y sin mirarlo a los ojos le dijo que se iban a vivir a otro país. Tenía ocho años cuando descubrió en qué lugar del mapa mundial se ubica en Alemania. Se emocionó por la aventura. Un año después se subió a un avión y lloró durante diez días. Iba junto a su madre, su padre. “Me cayó las lágrimas cuando estaba llegando a Remscheid, la ciudad que está a veinticinco horas de mi Zamora. Pensé en que estaba dejando amigos, parte de mi familia, la cultura, las costumbres. Llegas a otro lugar y lo único que sigue contigo es tu familia, pero después cambia todo, todo”, explica Leandro.

Un día lluvioso y gris predijo su ánimo de los meses posteriores en Alemania. La primera persona con la que habló en el nuevo país fue la dueña de una pensión: “me miraba a los ojos y me preguntaba cómo me habían recibido. Yo no le entendía absolutamente nada, no hablábamos el mismo idioma. Fue como si hubiera llegado a otro mundo, ahí me puse un poco nervioso”. A Leandro le hubiera gustado volverse a España, pero dependía de la decisión de sus padres. Era el 2013 y tenía nueve años.  Al mes de haber llegado, ya estaba cursando tercer año del secundario. Atravesó una “depresión” por la ausencia de su hermana en la escuela, el frío crudo del primer invierno de su vida en Alemania, la falta de amistades con quienes entrenar, y la discriminación que vivió en Alemania, por ser extranjero. Un día, Leandro golpeó la puerta de casa, tiró la mochila al suelo, y se largó a llorar como si recién le hubiesen parido. Horas antes un compañero de clase le humilló delante de todos: “español, ¡vuélvete a tu país! Empezaron a discutir, a subir el volumen, a gritarse. A Leandro se le subió la sangre a la cabeza, tenía las venas llenas de rabia. Perdió los cabales, insultó al compañero; sabía que debía calmarse pero no podía.

No había remedio para tanta ira acumulada. Se cansó de las burlas, de que no lo entiendan, de que le falten el respeto, de que insulten a su país diciendo que “tienen los españoles, sois unos vagos, los españoles solo dormir siesta”. “Una persona que mata toros es un asesino de animales”. Leandro se acuerda de ese compañero porque era un nazi, “pal” carajo. Aunque en ese momento yo no lo tenía tan sabido todo eso, pero notaba esa actitud asquerosa. Ya había recibido otros comentarios así, pero él me saturó. En ese momento decidió que, ante la xenofobia, no se callaría más. Le dije a mi madre que este no era mi lugar y que la gente de acá no me gustaba. Pero ella me hizo entrar en razón; no es la gente, fue el chico que me faltó el respeto. Le empezó a agarrar “cierta pereza” a ir al colegio, ya no sabía quién se iba a meter con él. Se cuestionó si debía cambiar su “jerga” o su “actitud” para “quedar bien” con sus compañeros. Fue cuestión de tiempo. Leandro comenzó a responder con “cierto carácter” en sus palabras: “si en mi país no pasara lo que está pasando, obviamente no estaría aquí”, repetía. Antes de que terminara el año Leandro les pidió a sus padres que la cambiaran de colegio. Volvió a cursar tercero, pero solo iba a clase a dibujar. Dice que allí no encontraba lo que nutre su arte, “el conocimiento de la vida y las cosas esenciales”.

La guerrera del arte

Con la llegada a Alemania, Leandro buscó espacios para seguir creciendo. En el dibujo como en la vida, “Mis dibujos me estaban haciendo fuerte: escribir, compartir”, explica. Leandro aumentó la confianza en sí mismo, comenzó a agarrar otro tipo de empoderamiento. Lo que sentía ya no lo reprimía.  Ahora, dice que migrar Alemania fue una de “las cosas más lindas” que le pasó en la vida. No solo conoció una escena del racismo y la xenofobia, sino que encontró en Alemania, estudios superiores, dominando perfecto, español, alemán e inglés. En su vida llegó un momento en el que con la misma fuerza con la que hoy estudia, Leandro se enfrentó a la xenofobia y al racismo: le dije que “no quería que me tocara un pelo nunca más en la vida porque se iba todo al carajo”. Yo no critico ni al que se va, ni al que se queda, porque es una decisión muy personal. El que se va no es un vendepatria y el que se queda no es un héroe. Uno tiene que tomar una decisión y la piensa en función de un proyecto familiar y personal, porque mis padres tenían casi 40 años: “hacerlo más adelante iba a ser imposible”, expresó Leandro.