Momento de decidir: convivencia o confrontación

El mensaje de Nochebuena del jefe del Estado ha sido, sin rodeos, una bofetada institucional a la crispación política que gangrena la vida pública. Con tono firme, sin caer en aspavientos, dejó claro que la convivencia democrática no es eterna ni automática, y que quienes viven del enfrentamiento están dinamitando lo que con tanto esfuerzo se construyó hace cinco décadas.

Fue un discurso sin nombres, pero con muchos destinatarios. Alertó de un hartazgo ciudadano que ya es palpable, y que nace del constante ruido, de la falta de acuerdos, de la teatralización de los vetos y de una política convertida en trinchera. Pidió ejemplaridad, altura de miras y respeto. Palabras que, en boca de otro, sonarían a humo. Pero en el actual contexto, fueron dardos directos al corazón del problema.

"España es un proyecto compartido", dijo. Y lo dijo mientras algunos se empeñan en fracturarlo. Reclamó diálogo, pero no de postureo; reclamó compromiso real, no escenificaciones para redes sociales. Advirtió que hay líneas que no deben cruzarse, y a la vista está que varios partidos ya las han cruzado hace tiempo.

El respaldo de PP y PSOE demuestra que aún queda algo de sentido de Estado. Vox optó por el silencio. Y desde la izquierda rupturista y el independentismo llegaron las respuestas previsibles: críticas sin matices. Podemos lo acusó de omitir el pasado, como si hablar de futuro fuera sinónimo de desmemoria. Una acusación que suena a recurso ya oxidado. Avanzar no es negar las heridas: es no vivir anclado en ellas.

Junts, en su línea, tildó el discurso de contradictorio. Inevitable: para quienes niegan el marco constitucional, toda llamada al consenso es anatema. Y ERC, como era de esperar, habló de represión. Una afirmación que solo se entiende desde el delirio victimista que algunos manejan con maestría. Lo que de verdad les duele no es el mensaje, sino que se les recuerde que en democracia no todo vale.

Tampoco faltó la crítica de Sumar, acusando al jefe del Estado de desconexión social. Otro reproche automático de quienes confunden un discurso institucional con un programa de gobierno. Lo que el jefe del Estado planteó no fue una lista de promesas, sino un aviso: sin estabilidad ni respeto, no hay avance posible. Lo que algunos llaman desconexión es, en realidad, el único punto de partida sensato para reconectar con los problemas reales.

Más allá del protocolo navideño, este fue un discurso de los que quedan. Una estocada elegante, sin necesidad de aspavientos. El jefe del Estado señaló sin señalar, recordó sin acusar y lanzó un mensaje nítido: o se frena esta deriva o volveremos a repetir errores que creíamos superados.

Porque lo que se logró durante la Transición —con diferencias reales y heridas abiertas— no puede ser pisoteado por quienes hoy hacen del ruido su única estrategia. Es momento de decidir: convivencia o confrontación. Y no hay más tiempo que perder.